miércoles, 17 de diciembre de 2008

Mujeres para un padre con tres facetas diferentes

Por Rodrigo Rieder Durán Corría el año de 1930 en Codazzi, un pueblito repleto de gente nativa y de indígenas motilones que cada fin de semana bajaban de la Serranía de Perijá a recibir la ayuda del padre Amado, un cura capuchino encargado de la parroquia de la población. En 1947, Mauricio montaba un buey manso en el cual transportaba ladrillos y en una oportunidad llegó hasta la finca La Palestina y se enamoró de una hermosa mozuela de 13 años, hija de los dueños de la estancia, ubicada a dos kilómetros del pueblo. Había nacido en Ciénaga, Magdalena, en el hogar conformado por Rodolfo y Paulina; un alemán y una española que se habían casado en Castellón de la Plana, cerca de Valencia.

Luego emigró el primero, después ella atendió el llamado de su esposo trayendo en sus brazos a su primogénita Ana, luego nació Mauricio junto con un hermano mellizo que falleció a los pocos días de su nacimiento; posteriormente llegó Emilia; y el viaje a Valledupar no se hizo esperar tras la proyección de nuevos horizontes. Los alemanes que huían de la guerra en esa época buscaban los lugares más recónditos para no ser repatriados, fue así como Rodolfo y Paulina, con sus tres hijos se fueron a montar una trilladora de maíz a Codazzi; antes la habían instalado en la esquina del Café La Bolsa en Valledupar. Mauricio estudió mecánica en la antigua Escuela de Artes y Oficios, hoy Instpecam. Muchos años después de arrear ladrillos, panelas, café y piedras en su buey, resolvió escaparse con la adolescente Dilsa y formar un hogar de jóvenes, bien visto por sus padres. Rodolfo y Paulina le compraron el primer vehículo, transformado en bus de la población, con cinco bancas tipo escalera. Mauricio recogía los pasajeros puerta a puerta desde las horas de la madrugada para viajar a Valledupar y salía muy temprano a un recorrido que duraba de tres a cuatro horas por una vía destapada, repleta de fango y llena de contratiempos. Regresaba y repartía en las viviendas a los mismos pasajeros que traía de la cuarta ciudad del Magdalena en esos momentos; Valledupar estaba por debajo de El Banco, Ciénaga y Fundación. Llegaba cansado a la casa de esquina, acondicionada por sus padres como establecimiento hogareño para la pareja conformada por Mauricio y Dilsa. En 1952, Mauricio tenía 22 años y seguía con la misma rutina, tenía dos hijos: Rodrigo y Elina, y un tercero se gestaba en la barriga de Dilsa. Rodolfo nació cuando su padre abandonó su primer hogar, el 23 de octubre de ese año se marcho a hacer otro ‘nido’ con Leticia, una dama hermosa que había conocido en La Paz cuando descargaba los pasajeros para que almorzaran en mitad de los viajes diarios a Valledupar, en el popular bus llamado ‘El Codazzi’. Segunda mujer En la barriga de Leticia crecía Álvaro, fue cuando Mauricio resolvió vivir en Valledupar y montar un taller en esa localidad después de que su padre, molesto, le quitó ‘El Codazzi’ y la moderna casa de esquina donde tuvo negocios como un almacén, una trilladora y un taller de bicicletas. Álvaro nació en el Valle. Luego con el paso del tiempo, al fallecer su padre, Mauricio regresó a Codazzi. Allí heredó el bus y la casa. Su hermana menor se había casado con Alfonso Murgas, entonces se dedicó a viajar a Barranquilla trayendo combustibles en tambores, mientras tanto su segunda compañera le entregaba dos hijos más y ya iban seis, entre ellos Jairo y Mauricio. Pasaba el tiempo y en sus viajes Mauricio visitaba en San Diego a una familia donde la matrona de la casa se había convertido en su comadre al bautizarle al mayor de sus hijos de su segunda unión, pero en esas visitas silenciosamente se enamoró de la jovencita de la casa de Julio y Aminta. Vinieron las peleas con Leticia. Cualquier día, Mauricio resolvió organizar su vida de otra forma, se fue a vivir a San Diego tras un matrimonio el dos de diciembre de 1962. Él fue un hombre enérgico hasta ese momento, se trataba de un hombre lleno de vida, carnavalero, amante de la cacería y la pesca, llegó a matar varios tigres en Codazzi; cada fin de semana traía venados, ponches, zainos y demás animales del monte en correrías por los lados del Sinaí, acompañado algunas veces por Rubén Padró y José Galo Daza, entre otros. Ironías Su segunda hija lo llamó después de 50 años sin muchos contactos para decirle que le había llegado la hora de jubilarse en la empresa donde había laborado por mucho tiempo en Medellín, y por lo tanto necesitaba registrar su nombre legalmente ante la desaparición del registro civil, después de cuando en tiempo pasados se había incendiado la dependencia encargada de llevar estos documentos, a lo cual él contestó afirmativamente. 

La ya cincuentona hija vino desde Medellín hasta San Diego y, cuál fue su asombro al recibir una negativa de su padre de registrar su nombre ante la llamada por teléfono de uno de los hijos del tercer lote de su larga vida amorosa, quien afirmaba que eso se trataba de un complot para oficializar una posible herencia de un Mauricio ya pobre y viejo, ante la deslumbrante firmeza y consolidación de sus primeros seis hijos. Tiempos distintos Mauricio en su tercera unión fue diferente, todo se lo dedicó a su distinta vida, jamás corrió con los gastos de la crianza de los hijos, a los cuales iba abandonando como si no existieran. Ni siquiera supo cómo se graduaron, ellos todos fueron guiados por las dos madres independientemente, dentro de una pobreza donde nada hacía falta pero tampoco sobraba nada, fueron creciendo y la mayoría se hicieron profesionales: periodistas, arquitectos, contadores y confecionistas se abrieron paso por la vida en Medellín, Valledupar y Barranquilla, haciéndose hombres y mujeres de bien, hasta el punto de ser reconocido él en la sociedad, por los hijos de los dos primeros hogares, más no ellos por su gestión como padre. Éllos descollaron y se dedicaron a construir riquezas no materiales. Los demás se criaron y se formaron en un anonimato donde los lujos, la inconciencia y la falta de sensibilidad los mantienen alejado de todo lo llamado sentimiento. Mauricio, por su parte, dejó de ser carnavalero, no volvió nunca a cazar, se ‘encascaronó’ en una coraza de silencio, se volvió huraño, meditabundo y comenzó a acostarse en las horas tempranas de cada día que pasaba en San Diego, hasta cuando su cuerpo se volvió viejo; ya su alma lo había hecho desde que decidió aislarse de sus amigos y parientes en un mutismo inexplicable. Fue en esa tercera etapa de su vida un hombre poseído por una fuerza extraña que lo convirtió en otra persona, lo más significativo en esa vida fue jugar cartas y billar en cualquier establecimiento del pueblo, hacer pequeños trucos de magia, soltar globos al aire y amarrarse a una vida llena de restricciones hasta el punto de alcanzar a confinarse a esperar lo que ninguno de sus familiares desea le llegue pronto. Sus primeros seis hijos quisieron siempre expresarle el amor esperado de él, pero no lo ha permitido; a pesar de ello, todos le han mostrado un desinterés por las cosas materiales guardadas con un celo repleto de pena, ante unos hijos desinteresados y hoy llenos de vitalidad, riqueza y de reconocimiento en la región donde sienten como el primer día que nunca lo tuvieron. Uno de sus hijos dice: “Tengo mucho para darle; si muero primero yo le dejaré el cariño que nunca me dio, para que él pueda dejarle a mis demás hermanos algo, yo no necesito nada material, soy rico en amor y como a Cristo, con eso me basta”.

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