TRANSFIGURADA MI
ALMA; HUMILDAD NO ES CORRONCHERA
Por Rodrigo
Rieder
Esa mañana de
domingo la escogimos para visitar a Romelías Durán, un primo y destacado médico
de la región de los vallenatos, se encontraba pernoctando en esos momentos en
el municipio de La Jagua del Pilar a pocos kilómetros de la capital del Cesar
donde me encuentro en estos momentos de mi vida.
El sol estaba caliente y la brisa había parado sus ímpetus para darle paso al calor, enfilé el vehículo raudamente hacia el sur de la Guajira y a los pocos minutos apareció el pintoresco poblado de calles pavimentadas, silencioso, tranquilo y con muchas mujeres gruesas en su contextura; cuadré el automotor al frente de la pequeña y bonita iglesia ubicada en la plaza alta, donde se enmarca uno de los cuatro parques del poblado.
Flores de
vistosos colores se muestran en las materas fijas revestidas de baldosas que
representan ladrillos rojos que se apiñan en cada uno de los rincones de sus
pequeños andenes dándole al pueblecito una belleza muy especial; acá nació y
vivió mi abuelo Ulises Durán.
Mientras estaba
allí comenzó el desfile de feligreses hacia la iglesia, muchos jóvenes, eso me
sorprendió; la idea nuestra consignaba una espera para que el primo Romelias y
su esposa María Teresa aparecieran en la ceremonia, pero esta vez ellos
decidieron quedarse en casa preparando o perfeccionando un almuerzo que estaba
destinado a atender a una delegación de amigos y a nosotros (Cecilia y yo).
Sonaron las
campanas y muchos recuerdos pasaron por mi cabeza, se trataba del tercer toque:
el interior de la ermita muy limpia y bonita, bancas nuevas y gente alegre; el
sacerdote Marcos Fidel comenzó la ceremonia con mucha sapiencia y concentración;
tocó un tema muy importante relacionado con “La Transfiguración”; hermoso evento
que narran los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas en la cual el Hijo de Dios se
vuelve radiante en gloria divina sobre una montaña.
Lo acompañaban
Pedro, Santiago y Juan, quienes observaron y cayeron de bruces cuando vieron a Moisés
y Elías dialogar con Jesús. Él los llamó y les dijo: “levántense”, eso me dio
una luz sobre cuantas veces Dios nos invita a seguir adelante en nuestros
emprendidos: oré en silencio y hable con Él, no sé cuántas cosas me dijo pero
la cognición me estaba hablando y decidí seguir siendo el Rodrigo que soy,
duermo bien en cualquier parte u hora, eso quiere decir que esa conciencia está
tranquila, pensé en el egoísmo y no encontré facetas de esa mala maña en mis
actuaciones pues comparto hasta donde puedo lo que tengo y, no me refiero solo al
dinero, ni a las posesiones materiales, entrego
mis esfuerzos, el trabajo, mi dedicación, los conocimientos y también
materialidades que van desde un plato de comida hasta un mandado o diligencia a
una persona humilde, tal como me siento serlo.
Salí de la
iglesia y fui a donde Beatriz Durán (Q.e.p.d.), una de mis primas. Allí estaba
Romelias soplando un fogón con un caldero repleto de chicharrones; el patio
estaba hermoso, sombra regalada por 25 árboles frutales daban un aspecto
hermoso al lugar ubicado en un rinconcito del poblado.
Azulejos,
toches, tortolitas revoloteaban entre las ramas y se quedaron allí a pesar de
las 15 personas que ocupamos el lugar, todo fue sabroso, la comida, el fresco
ambiente, los diálogos y el intercambio de pareceres entre familiares me hizo
sentir muy bien y, orgulloso de la humildad de todos; sin arrogancias ni
recuerdos ingratos o malvividos sentí un nueva transfiguración en mi
personalidad y aprendí muchas cosas de los familiares que por raíz me llegan
por el lado de mi madre Dilsa Durán.
Volví a revisar
mi memoria y me llegó a la mente la palabra “corroncho” (a), la cual confunde a
muchas personas que la involucran con la humildad; de ninguna de las dos me
apeno cuando me llegan a las actuaciones, no; son valores humanos que posee el
ser y que de alguna manera tienen su valor positivo o negativo, pero valor es.
Comenzó a llover
a cántaros y nos trasladamos a la casa paterna de los Durán, me llegaron
recuerdos de cuantas veces dormí siendo joven allí, miré la plaza “La
Tranquilidad” y me sentí jugando cucurubaca en medio del torrencial aguacero,
tal como en tiempo atrás correteé por el lugar ahora remodelado y me sentí
joven; dejé mojar uno de mis pies y sentí el agua fresca correr por el talón,
saqué la mano y las mojé para restregar mi rostro y cuanta delicia me produjo
la sensación grata de los regalos de Dios como lo son las lluvias.
Encontré una transfiguración en mí; sí. En no molestarme por cuanto agravio reciba por cosas que realmente no hago en mi cotidianidad, pero que se me recalcan equivocadamente por mi manera abierta de ser; egoísta jamás seré, esto se confunde en mi tal vez por mi condición ahorrativa; me gusta el arte y conocer de los secretos o cosas de las que regularmente no habla la humanidad pero no soy chismoso, ni pornográfico, grosero u desconsiderado; callo mis dolores y penas para no impregnar a los que me rodean de esas facetas que Dios me presenta para probar mi resistencia y trato de ser una buena persona; hasta ahora nadie me ha dicho que soy lo contrario.
Volví al carro y
comencé a viajar con los vidrios abajo, el ambiente fresco y el recién llovido
momento me dieron para disfrutar el regreso; sapitos, grillos y ranas brincaban
en la mojada carretera y un olor a floresta me llenó los pulmones de
esperanzas.
Qué bonito día,
hablé con Dios en varios lenguajes y nos entendimos tan bien que me acosté con
la tranquilidad de estar sin pecado, pedí perdón a Él en mi silencio dentro del
baño antes de acostarme y mi sueño de bebé solo me dejó despertar el lunes a
las seis de la mañana a tratar de hacer el bien; el cual mal interpretado o
mejor calificado deja en mi corazón la tranquilidad de la buena fe.
Este es un recuerdo
llegado a mi mente en un pasado viaje que hice a la Jagua del Pilar. Hoy recibí
en “Royce” un grupo familiar de los Durán, raíces de mi mamá Dilsa Duran: Romelïas,
Miguel de Armas Perpiñán, Emelina y Miguelón. Me invadió la alegría; ellos
habían estado preocupados por mi tras los seis infartos sufridos en el último
año.
Romelías, es
médico-radiólogo; somos contemporáneos en edad y lo recuerdo desde cuando teníamos
unos 11 años de edad intercambiábamos visitas, entre La Jagua y Codazzi; correteábamos
y reíamos dentro de la edad juvenil tras mis visitas a su pueblo y él al mío.
Humilde como mi
persona; una vez en casa de mi tía Evangelina, sacó agua fresca de una tinaja
con el acostumbrado cucharon de dientes filosos que impedían a quienes trataban
de beber sin verter el líquido en vasos o totumas puestas en el tinajero; el
agua pasó por mí gaznate chorreando por mi pecho tras el desespero de culminar
el cometido para ir a jugar.
Fueron los pocos
momentos felices de mi vida juvenil, la cual se había devanado entre trabajos
como cacharrero, vendedor de aliños que yo mismo empacaba en bolsitas de papel “Lansing”
pegadas con almidón y luego establecidas en cartulinas con el nombre del
producto; igual me ocupé en labores de vendedor de repuestos, ferretería, pesador
de algodón y múltiples labores que nunca me apenó realizar.
Hoy al igual que en esos tiempos pasados no me arruga ser igual de humilde frente a un lavaplatos, ir a la tienda a comprar algo para una persona mayor o menor de edad, barrer, limpiar, pelar elementos para cocinas, coser mi ropa, alcanzar una herramienta a un obrero, regalar un vaso de agua a quien lo pida. No, eso no me hace sentir sirviente, melego, mandadero o cualquier epíteto que se le ponga a los oficios de casa, calle, oficina o demás lugares donde realmente se demuestra la valía humana de cada quien con cosas tan simples, pequeñas e insignificantes que no nos hacen chiquitos, si no grandes en personalidad y humildes de corazón.
Ser humilde no
es ser desaseado, pobre o corroncho. El diccionario de americanismo, define al
corroncho como una persona tosca en sus modales o falta de trato social en las
andanzas cotidianas en las cuales muchas personas desconocen la cultura y
formación de cada quien donde se define por parte de los sabios e “inteligentes”,
que nadie es más que nadie por ser corroncho o “educado”, No y no; solo somos
diferentes.
Corroncho es un
pez, o es para algunos una persona escamosa, tardía, torpe, de habla y
actuación diferente a los que se creen educados o sabihondos por el solo caso
de vivir en la ciudad o por que se crea millonario sin serlo.
Hoy en la vida
sigo sin fingir; no es mi fuerte y, aunque los titubeos me hagan parecer
distinto a lo que muestro, me llena de orgullo que la mayoría de las personas que,
tratado, me muestran cariño real o verdadero, no me siento repelente ni desagradable
mostrándome tal como soy.



