miércoles, 17 de diciembre de 2008

En Colombia: Prostitución de Crucero

Una jovencita dialoga con un conductor sobre un posible "crucero" ante el agitado trafico de los pesados camiones cargados de carbón Por Rodrigo Rieder Durán Un viernes cualquiera María Fernanda Cuadros se para sobre la calzada corroída de la calle principal de La Jagua de Ibirico, a lo lejos divisa los bordillos del puente sobre el río Sororia, donde una pesada tractomula de cabina roja hace sonar la fuerte corneta.

 Ella sonríe y su rostro deja ver la satisfacción que le produce saber que se va a embarcar en una nueva aventura que de paso le servirá para traer dinero a casa.Ella es una joven próxima a cumplir los 17, aprendió a ejercer la prostitución con Isidorita, vecina que le enseñó a tener sexo sin embarazarse, a fingir orgasmos y a complacer a los conductores de los pesados camiones que llegan a las minas de la población a cargar el mineral para llevarlo al muelle de Santa Marta.Roberto Méndez Carballo detiene el pesado vehículo frente a ella, con dificultad por lo alto del estribo, María Fernanda abre la puerta y se acomoda en el suave y cómodo asiento donde el aire acondicionado y la música de guitarra la relajan un poco, y entonces comienza a dialogar con el conductor que desde ese momento será su cliente.Él la mira, sonríe, le toma la mano, y le pregunta cuándo fue la última vez que hizo ‘crucero’, así llaman los protagonistas a estas esporádicas aventuras. Comienza a entregar una explicación inventada tratando de ocultar que no ejerce la actividad a menudo, mientras el camión de ocho ejes dando tumbos sobre el pavimento lleno de huecos sale de la población rumbo a la Troncal del Caribe. En el transcurso del viaje la conversación se alarga y la confianza entre los dos crece, llegan a Bosconia y allí él detiene el vehículo, compran chicharrones envueltos en bolsas de papel, y juntos llenan un termo que Roberto siempre carga en la cabina, y reanudan el viaje.Al llegar a El Copey son las seis de la tarde, el conductor hace entrar al pesado automotor a una especie de parqueadero a cielo abierto y la invita a bajarse, ella mete la mano en la pretina del pantalón descaderado que le deja ver por atrás el comienzo del nacimiento de las nalgas, y sigue a Roberto. Éste habla con un señor gordo y luego se dirigen a un motel que está frente al restaurante; allí la pareja vive momentos de sexo durante unas cuatro horas, ella sale primero y camina tres cuadras en sentido contrario al destino de Roberto.Son la 11 de la noche, María Fernanda a las 12.30 vuelve a embarcarse en otra tractomula que va para su pueblo en busca de carga para transportarlas en la espaciosa carrocería. Esta vez su cliente es José Redondo, un pastuso de bigotes ralos, tez blanca, pipón y con dientes postizos. La acción sexual se repite, pero esta vez lo hacen dentro del vehículo, el cual tiene un cómodo camarote en la parte trasera de la cabina; se habían detenido después del peaje cerca del corregimiento de La Loma; José había dejado el motor encendido para permitir el funcionamiento del aire acondicionado, mientras ambos gemían de gusto en el interior de la cabina.A las tres de la mañana, María Fernanda desembarca a tres cuadras de su casa junto al Mercado Nuevo, toca la puerta de la vivienda de dos cuartos donde la espera Matilda, su madre. Dialogan un poco y se recuestan a dormir. A la mañana siguiente, María Fernanda registra el bolsillo del descaderado y saca dos billetes de 20 y dos de a 10 mil pesos, entrega 40 mil a su madre y guarda 20, despierta a su padre y comienza a hablarle, “papá esta semana si me va mejor le compraré los zapatos que me pidió”, el viejo le responde con una sonrisa mientras recibe una taza de café que le acerca Matilda y le pide a su hija que le cuente en qué trabaja; ella le habla de un restaurante en la calle principal de la población, pero los tres saben que eso es mentira; María Fernanda es una de las tantas niñas de la Jagua de Ibirico, La Loma, Chiriguaná, El Paso, Bosconia y El Copey dedicadas a la prostitución en ‘crucero’.Unas 300 jóvenes se dedican en la zona a ésta actividad que les permite ayudar a sus familias, ellas se sitúan en los lugares estratégicos por donde pasan las pesadas tractomulas y con una sonrisa dan señal al conductor de que se trata la parada en las calzadas de la vía; los llamados ‘muleros’ ya conocen como se desarrolla el contacto y pagan por los favores sexuales de las jovencitas, que por lo regular lo hacen en dos oportunidades en cada salida.Estas muchachas son de extracción popular, algunas se hacen tatuajes, siempre andan con jean descaderados y blusas cortas que dejan ver el ombligo, nunca llevan nada en sus manos, usan algún sistema anticonceptivo en su mayoría y calzan zapatos que les permitan ser ágiles en sus movimientos para poder embarcarse en los altos cabezotes de las tractomulas.Algunas han sido infortunadas en el inicio de la actividad y han quedado embarazadas, otras tienen a un hermano o sobrino estudiando en Valledupar u otra ciudad, a los que hay que ayudar. Marisela, una morena de Codazzi se vino hasta Bosconia a ejercer la ‘diligencia’ junto a dos hermanas menores, una de 16 y otra de 18, ella se considera ya en el ocaso de las oportunidades pues los ‘muleros’ las prefieren jóvenes. Llega el domingo y María Fernanda está con las uñas arregladas, salió de su casa a las dos de la tarde, después de almuerzo, y con una cola de caballo en su pelo mueve las caderas cerca al Banco Agrario, al frente hay un negocio de comida y tres tractomulas están estacionadas al lado de la vía, siente que la sisean, y ante el silbido, con disimulo y de reojo mira y se da cuanta que es con ella, sonríe, gira y llega al lugar. Toma asiento donde están tres señores en una de las mesas del kiosco interior del establecimiento.-Hola, ¿cómo están? -¿Tomas algo? -Bueno, una gaseosa -Mira, estamos en una apuesta a ver con cuál de nosotros te vasUsa sus armas de conquista, muestra la mejor de sus sonrisas y con un coqueteo malicioso y poco perceptible cruza las piernas, muestra el bonito trasero que le ha permitido alimentar a su familia durante dos años y pica el ojo al hombre maduro del grupo.Uno de los interlocutores refleja edad de unos 45 años, otro aparenta unos 30 y el tercero deja ver 24 aproximadamente. Ella mira con énfasis al de mayor edad; a él lo mira y sonríe, eso quiere decir que ese es el elegido.Sospecha, por experiencia, que el de mayor edad pagará mejor y que la actividad debe manejarla con inteligencia; no se enamora, si se puede trata de escoger a sus clientes, no ingiere licor, rara vez llega a Ciénaga, población donde le ha tocado esperar a los conductores que la lleven de regreso, pero eso los compromete a lo que ella llama incomodidad, pues no se les permite a los ‘muleros’ llevar acompañantes al lugar donde desembarcan la carga. Ahí sale María Fernanda, nuevamente encarapitada en una tractomula, volverá con dinero a casa mientras la juventud se lo permita; ¿cuál será su futuro?

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