viernes, 29 de mayo de 2009

El loco alcalde


El loco alcalde
Por Rodrigo Rieder Durán
Lo eligieron alcalde porque favorecía la velocidad con que los motociclistas deseaban correr por las calles del musical pueblo donde los turpiales se peleaban para cantar todas las mañanas sobre el mismo empinado cactus, Vallelandia se llama el pueblo donde Oric tomó posesión del cargo entre un grupo de familiares sonrientes que no dudaban de la cordura, su honradez y capacidad para poner en orden el desorden dejado por el viento y las tempestades desatadas por su antecesor.
Había prometido bajar el precio de la energía eléctrica, por ello, al día siguiente ordenó pintar las casas de amarillo intenso y en caso contrario metería a la cárcel a quien no lo hiciera, pues no le iban a hacer caer la promesa de bajar el costo de la energía considerando que con ese color se vería el pueblo iluminado por el resplandor del primario color en las noches oscuras.
Desde esa primera orden comenzó a derrumbarse el prestigio y a cuartear su nombre, igual a las paredes del cementerio de los pobres enclavado cerca del hospital, ubicación útil para los infortunados, pues tras la corta distancia de ese sitio igual se bajaban los costos de los funerales por cuestiones de los breves traslados de los muertos del centro asistencial a la acropolis; igual sucedía con la cárcel situada a pocos pasos de la iglesia y del cementerio; asi se abarataba el costo de morir.
Dos semanas después cuando el plazo se venció y tras agotarse toda la pintura amarilla en los 25 corregimientos de la jurisdicción, comenzaron a embadurnarse todas las acciones del mandatario; dio otra desatinada orden, “está prohibida la vejez en toda Vallelandia”; complementó le decisión con un plazo de tres días para que los viejos se volvieran jóvenes, de lo contrario se harían acreedores a múltiplas sanciones.
Fue entonces cuando los moradores de Vallelandia comenzaron a analizar las arbitrariedades mencionadas, no como tales sino como evidencias de que el burgomaestre se estaba enloqueciendo, ahí muchos de los electores comenzaron a mirarlo compasivamente después de haberlo estado haciendo con indignación e inconformidad.
Entre tanto Oric con una rosa blanca en la mano y sentado en su escritorio entre guardaespaldas bien armados le daba rienda suelta a su locura y continuaba redactando las más inverosímiles resoluciones y decretos donde se contenían suspensiones hasta nuevas ordenes para los matrimonios, funerales y nacimientos, igual limitó el acercamiento de las abejas a las flores y ordenó a las palomas blancas presentarse todas las mañanas en la plaza ante las cornisas del edificio de la alcaldía.
Cuando el gobernador del departamento, quien no se consideraba su buen amigo, se dio cuenta que uno de los mandatarios municipales había perdido el juicio, lo destituyó del cargo con términos ceremoniosos, comedidos y suaves para no acrecentar su demencia.
Pero Oric lo entendió de otra forma; miró la rosa que siempre llevaba en la mano y esta estaba marchita; se trataba de su cetro, sintió que se había apagado el mando y su poder. Entro en llanto convulsivo y al asomarse a la ventana del despacho observó como una viejita desde el sombrío palo de mango frente a la amarilla vivienda le sacaba la lengua.
Ensimismado y alelado estaba cuando lo sacaron del despacho para llevarlo al manicomio, torrentes de aplausos, murgas y parrandas entre acordeones daban muestras de gratitud a su salida del palacio de gobierno; llegó al centro de recuperación y entonces recobró la alegría y la confianza en si mismo; permanecía sentado en una mecedora riéndose, dando ordenes por un celular desde donde gobernaba al pueblo de sus sueños, a sus fantasías y a su locura.
Se sentía preso, se levantaba todas las mañanas tras mirarse el enorme trasero que le había crecido por la falta de actividad, se arreglaba el mechón de pelo blanco en su copete de “pájaro loco” y luego se acomodaba las gafas oscuras que le había regalado un mototaxista cuando era candidato, para que no olvidara su promesa de favorecer al gremio.
A su ventana llegaron llorando las hormigas y millones de golondrinas revolotearon sobre el manicomio y luego fueron hasta las casas de los muertos, sobre el horizonte y en su vuelo formaron letreros donde se podían leer frases que aparecían, desparecían y nuevamente se volvían a formar: “Aquí yace el más bello y más loco de los alcaldes de Vallelandia”, en uno de esos compaginados vuelos el enjambre voló directamente al cementerio, allí durmió esa noche pero en la mañana el pueblo no se dio cuenta cuando se fue ni para donde se partió.

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