lunes, 24 de enero de 2022

LOS GALLOS FINOS DE PELEA; UNA PASIÓN SUPERADA


Por Rodrigo Rieder

No sé cuántos años han pasado, no sé en qué momento se me fue acabando la juventud; solo sé que la altura de los pies en cada paso que están los zapatos más cerca del suelo y los tropiezos son más continuos; la torpeza en las manos se encuadernan en los olvidos de donde dejo las cosa que utilizo y que el chorro de la orina no tiene la presión suficiente para ahuecar la tierra como en mis años mozos; soy un hombre maduro

Mi padre me enseñó la afición por los gallos, a mis cinco años de edad me llevó a la gallera que




teníamos diagonal a la casa donde residíamos en la carrera 17 detrás del mercado público viejo de Codazzi.

Una vez un famoso plumífero de propiedad de Adulfo Cuello perdió una riña en la cual demostró su casta pero recibió mortales heridas que un gallero de apellido Reales, trabajó duro para salvarle la vida; papá estaba cerca, había perdido la apuesta que junto a su amigo y compadre dueño del gallo, habían asumido entre los dos.

-Que gallo tan bueno compadre, quiero llevarlo a casa para que se recupere y lograrle unos hijos.

-lléveselo  compadre- respondió Adulfo.

Me entregaron al moribundo animal y salí corriendo a llevarlo a casa después de escuchar las recomendaciones del gallero; “guárdalo en una caja oscura para que recupere la vista y solo dale de comer guineo maduro” eso me dijo el gallero después de entregarme una capsula de Ambrasinto  (antibiótico), pastilla ya descontinuada.

Ese animalito se recuperó, no volvió a las galleras había ganado 25 de su 26 peleas realizadas, me convertí en su fan y lo cuidé hasta que papá repartió todos sus hijos después de que muriera atrapado en una troza de madera apilada en el patio

Pasaron los años y con los ires y venires de la vida, asistiendo de vez en cuando a las galleras, se me dio por tener mis propios gallos. Oficiaba como Inspector general de transportes y tránsito de Codazzi cuando Armando Ibarra Ávila me regaló un  pollo fino de unos seis meses de color mono y con corte de gallo español, ya había criado un par de pollos que me dio Carlos Toro Rodríguez de la cría de Ventura Aguilera y como no tenía nada que más hacer, estos dos animales recibieron una alimentación que más tarde serviría para adquirir fama como animales de resistencia y fuerza durante las peleas.

En esos tiempos “Chale” Berrio, también joven como yo en esos tiempos traía a casa un pollo de 7 meses al cual llamaba “Mundocielo” y en el patio echábamos a pelear los animales embotados con tiras de tela en sus espuelas y los dejábamos pelear hasta el cansancio.

Los tres gallos, es decir los dos míos y el de él fueron famosos, él se hizo gallero de profesión y yo seguí por la vida enfrentando a puro hachazos la vida hasta que me hice profesional en Unisabana tras los acuerdos del Presidente López con la entidad para profesionalizar en tres años que estuve en Bogotá y lograr mi tarjeta profesional de periodista.

Cualquier día estaba visitando a mi compadre Efraín Gonzales Cartagena, padrino de Efer mi hijo, cuando Julio Herrera me escuchó hablar de gallos con Alfonso Daza (Pilatos) y me dijo: -¿quiere unos pollos?

A mi afirmativa respuesta; salió y dejé de verlo. Él tenía un aserradero de madera por Verdecia y Minguillo que en esos tiempos pertenecían al municipio de Codazzi y veía pasar a mi papá quien también estaba en el negocio de la madera en la localidad de San Diego.

Cinco cajas entre cartón y madera encontré en una madrugada en la terraza de mi vivienda; me había despertado por una algarabía de gallos cantando en las afueras de la casa y al abrir la puerta; ahí estaban; cinco animales debidamente encerrados en los provisionales guacales.

-“De quien serán estos animales”- me pregunté y los llevé al patio para darles comida-

Como mi plato preferido es la yuca con queso rallado y café con leche terciado pasadito de dulce, terminé mi porción cuando un camión con frenos de aire sonoro: pissió en la puerta y ahí estaba Julio como conductor; salí en franelilla a la calle y me gritó: “-Ahí le traje esos cinco para que se divierta y gane plata”.

Di las gracias y Julio se fue hasta que lo volvía a ver once meses después reclamando por un accidente de tránsito que había sido levantado por la oficina donde yo era jefe y al no poder ayudarlo dejó de háblame para toda la vida.

Esos cinco gallos eran hermanos; dos blancos, uno mono, un negro y el preferido: cenizo-morado.

La semana siguiente hice los guacales, Armando me regaló otro pollo y Carlos José Daza me hizo llegar un hermoso Camagüey,  completé siete y comenzaron mis visitas a los cuidanderos de la época: Milciades, Ochoa, Neftalí  Holguin, Chale Berrio y Héctor su hermano, Reales y Capo.

Aprendía descrestar, corretear a los animales, a motilarlos, alimentarlos, curarlos pero nuca calcé porque el tiempo no me alcanzó pues la dureza de la vida me obligó a dejar la afición, venirme a Valledupar y comenzar una nueva vida.

HERRERITA: MI GALLO HEROE


De los cinco gallos que trajo a mi puerta Julio Herrera, regalé uno que hiso la pelea más larga y buena que en esa época jamás había visto. Alberto Moreno, un director de Cenalgodón se enamoró de ese blanco y terco gallo y no se lo pude quitar del sobaco.

El otro blanco de mayor estatura lo peleé cinco veces y Carlos José me lo pidió y chao, se fue.

El negro ganó una riña en Becerril y a la segunda un gallo de Chale Berrio le dio una mortal morcillera, luego murió en mis manos: el mono me lo arrebató en medio de una emoción Armando Ibarra y; como le decía que no si era mi protector en las galleras.

A Herrerita, el morado-cenizo, nunca lo dejé tocar, solo el calzador lo hacía cuando le armaba las espuelas especiales y medio corta que se habían destina para el exclusivamente. Era un gallo súper rápido, hizo 16 peleas y perdió las dos últimas; nunca le pude recuperar el físico y la versatilidad que perdió en su antepenúltima riña, donde a pesar de haber quedado mal herido ganó,

Herrerita fue su nombre en honor a quien me lo había regalado. Tobías Hinojoza, Alfonso Ávila, Carlos José Daza, Pilatos Napo y otros amigos cercanos siempre ponían el dinero para respaldar las apuestas en las listas; ese gallo contaba con la correspondiente confianza de todo el grupo de aficionados a los gallos que en esos tiempos estábamos en Codazzi.

Cuando salíamos a otras poblaciones a pelear nuestros animales; Herrerita nos sacaba de la tristeza; parecía una tromba, tiraba espuelazos afianzado y picando la cabeza de su contendor, pero la pluma del pecho de su contendor era la parte preferida, una vez alcanzó a tomar por los dedos de las patas a su contendor y al acometerlo, espueleó los músculos que no volvieron a sostener a su rival, otra vez clavó la espuela inquiera dejando el pellejo del pescuezo clavado en la valla de madera; salía picando debajo del ala de los otros gallos y nunca sus peleas llegaron al final del tiempo; solo las dos últimas.

LA GRAN RIÑA Y COMO PERDIÓ LA VIDA

Un gallero de apellido Ochoa, (debe haber muerto) muy “salado” para los gallos; así era su fama; me abordó un mañana de cualquier domingo, casi no habían gallos, estábamos en tiempo de cambio de pluma pero yo había llevado a “Herrerita que hacia 15 días había reñido dos veces en esa  jornada, me dijo; hoy se acaba tu “Herrerita; fuimos a la báscula y fuero 3,2 por mí y 3,4 el peso de su gallo chino patas verdes.

No hubo problemas para recoger el dinero de la apuesta; Chale Berrio calzó a los rivales y puso unas espuelas muy largas; a nuestro gallo le improvisaron unas espuelas porque las de él se había puesto romas y fuimos a la valla.

Herrerita comenzó como un ciclón hasta que lo detuvo un pequeño tiro de pulmón y bajó el ritmo de pelea, era tanto su fuerza al patear que se escuchaba el golpe en toda la gallera de Los Manguitos en el barrio Las Delicias de Codazzi. Tiró y tiró hasta que venció, pero cuando eliminó a su contendor y después de haber sido declarado ganador comenzó a vomitar sangre; no me dejaron tocarlo, hasta el mismo Chale Berrio vino a chupar con la boca el pescuezo de Herrerita hasta que todo volvió a la calma.

Pasaron cinco meses y Herrerita se recuperó junto a 8 gallinas en una fina de “El Mocho”, gran amigo mío.

Fui a verlo y ahí estaba, parece que me hubiese conocido; comenzó a cantar sobre una piedra, no opuso resistencia cuando lo tomé en mis manos; esa vez lo motilé con golilla, su piel volvió a tornarse roja y las plumas brillantes con cambio apenas perceptibles en su colores; era un gallo diferente.

Guardé silencio sobre su presencia en la gallera de La Paz, el grupo había llevado unos 10 animales, cinco fueron ganadores; en la noche salió rival para Herrerita y se cumplieron los protocolos: Herrerita no alcanzó a pelear, cuando {él y su contendor se hicieron una bola de plumas en el centro de la valla, él llevó la peor parte, un espuelazo había penetrado hasta su corazón y lo dejó sin posibilidades.

No me permití llorarlo; Carlos José Daza me ponía la mano en la espalda y regresé a Codazzi en una camioneta gris de Pilatos y al entrar a Codazzi le dije; -“Me retiro de los gallos”, hasta el sol de hoy. No he ido nunca más a una gallera.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario