*Rosa Arias Mendoza, la reina de las mochilas
Poe Rodrigo Rieder
Hay personajes que
marcan historia en ciudades, países, departamentos, municipios regiones y
poblaciones. Ayer me escribió por correo electrónico un lector que no conozco
personalmente desde Suiza, se refirió a los escritos que publico periódicamente
en las redes sociales; estaba fascinado y me sugirió el traslado a una ciudad
prospera donde abundara el arte, la literatura y la musicalidad.
Agradecí sus piropos y halagos en una repuesta macondiana
que adelante publicaré. Entre la sugerencia me hablo sobre la modernidad como
tema que yo podría abordar y tener éxito con base en la facilidad que, según
él, tengo para retratar con letras la vida, los paisajes, la música y la
naturaleza; he guardado silencio hasta hora.
Según Pierre Spink, así se llama el lector; obtendría un
éxito mundial si esbozara temas, personajes, lugares y cosas famosas de
ciudades como Berna, Zúrich, París Londres y demás. He pensado mucho en ello y
ya estoy frente al teclado.
Esa tarde llegué cansado y me recosté en una butaca de
varias tablitas pintadas en vivos colores, Efer y Abdu dos de mis hijos
trataban de zafar los cordones de mis zapatos ante una soledad que dejaba
escuchar el silencio en el barrio Dongón de Valledupar. Deseaban que les diera
un maletín para llevar los libros a las clases de bachillerato que recibían en
el Colegio Loperena.
En la soledad compartida entre los tres, miramos un par de
mochilas que estaban sobre un tabique rosado construido con madeflex y con las
miradas interpretaron mi señalamiento. A la mañana siguiente salieron con las
mochilas terciadas sobre sus hombros orgullosos por ser elementos tejidos por
kankuamos en Atánquez, corregimiento de Valledupar.
Hacía unos días había ido a Codazzi, mi tierra; esa tarde
estaba visitando a un inolvidable profesor de la primaria; Emel Marshal Durán;
quien en ese momento residía en al sector de Los Laureles; de pronto una fina
figura de mujer entró sigilosamente por el patio y cerró el portón con una
delicadeza similar a la finura con que posaba los pies sobre el suelo.
Su caminar daba la apariencia de que a cada paso acariciaba
el piso y una angelical sonrisa repartía a los que la recibimos; se descalzó
del hombro una mochila con dibujos que parecían figuras romanas y me la ofreció
en venta. Nos entretuvimos degustando un café y repasando la veintena de
mochilas que la señora Rosa Arias pasaba de sus suaves manos y con voz
melodiosa y suave pronunciaba mi nombre recortado “Guigo esta es hermosa”, le
recibí una y otra hasta que elegí dos.
Rosa Aria había llegado años atrás a Codazzi desde Atánquez,
traída por un hermano llegó con sus hijos y se estableció por el sector de los
Laureles y siempre fue símbolo de amor y gratitud con sus familiares y amigos;
conocía Ton, Rita. El Chiche y la Nena (Carmen Elena), ella siempre hizo las
arepas asadas mas suaves que he conocido y sus sancochos tenían un tinte que
nunca he logrado como cocinero de sopas.
Esos tiempos eran hermosos en Codazzi con su bonanza
algodonera con comerciantes de buenas mercancías como Ernesto Scarpetta y su Almacén
Gales, Arturo Rueda Iguera y su “Buen Gusto” Rodolfo Gutiérrez y sus “Muebles
Amanda” Yudex Rixcala y su Almacén Central, o “Las Quince Letras de Lucho
Argote o La Yunde.
Por esos lugares no se hacia extraño encontrarla; doña Rosa
era una mujer de respeto, buena y trabajadora. Guardaba silencio cuando alguien
hablaba y no interrumpía, el fino pelo lacio caía juiciosamente sobre su
espalda en una cola larga y recostada, las palabras de su boca salían con mucho
cuidado como si quisiera acariciar el viento y la dulce sonrisa que se dibujaba
en el rostro, se parecía a la sonrisa de la Divina Pastora.
Una tarde tuve un accidente conduciendo una renoleta de
Pachin Escalona y llegué a su patio para guardarla mientras conseguía a Goyo el
latonero; llegó doña Rosa y se sentó a mi lado, reparaba mi cuerpo de pies a
cabeza tratando de encontrar algún rasguño en mi cuerpo, la camisa estaba rota
en una manga, entonces me trajo una franela y me la dio para entrar a coser la
avería, luego me entregó una bebida de valeriana para los nervios y me consoló
ante la momentánea, aparente y leve desgracia que había producido; de ahí salí
fortalecido.
Como no voy a escribir sobre mis personajes?. A ellos los
escogen mi corazón, mis sentimientos, la vida y los recuerdos gratos que llegan
entre la brisa y se mantienen en el tiempo circulando por la mente.
Pierre Spink, mi amigo virtual suizo tiene razón, si
escribiera sobre la torre de Pisa, el Ródano o el Rin; estos ríos para mi no
tendrían para mí el contenido real, romántico, melancolico y macondiano que
tienen el Magiriaimo o el río Guatapurí.
Bueno, dejé eso ahí y me puse a recordar personajes de mi
tierra en aquellos tiempos de motas blancas, comisariatos, trochas enfangadas,
avionetas fumigadora volando desde temprano sobre el pueblo con el ruido fuerte
de sus motores; o los mecánicos como Rafael Ayazo, Azael Bedoya, Pedro Otalora;
igual recordé a Hernán Charrys y su Ferretería Chasán, a Lucho Martínez
atendiendo con Nino Gutiérrez en Eternit, a Marcos y sus licuadoras batiendo el delicio Milo que
igual hacía Pedro López cerca al puente de Los Varados. Lugares y sitios como
los que habían en la palizada, Vedecia, Llerasca, Casacará o la Serranía de
Perijá; ahhh mi Codazzi. Todo eso lo trajo a mi mente, esa viejecita hermosa
que recuerdo con profundo amor llamada Rosa Arias (Q: E:P:D😊.

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